MANUEL QUINTERO CASAS, S. J.
(1917-2004)
El Hermano Manuel Quintero nació en 5 de febrero de
1917 en La Ramallosa (Bayona, Pontevedra), en el seno de una
familia de once hermanos. Hizo sus estudios de Primaria en
el internado del Colegio del Apóstol Santiago en Vigo,
pero en 1932, a causa de la disolución de la Compañía
de Jesús, haría los dos primeros años
del Bachillerato en el Colegio de los HH. Maristas. Como estudiante
formó parte de la Acción Católica e ingresó
en la Compañía en el Noviciado de Salamanca
el 5 de julio de 1940. Pensaba ser escolar, pero al terminar
su primer año, cambio de rumbo "por propia iniciativa",
y tuvo que recomenzar el postulantado como hermano coadjutor.
Fue precisamente a partir de aquel momento cuando comenzó
su preparación para el destino que le llenaría
toda una vida: en la enfermería de Salamanca trabajó
al lado del H. Francisco Iñarra, un maestro probado,
aunque sólo fuera un mes antes de emprender el viaje
a las Antillas.
De este lado del Atlántico, terminó su noviciado
en el recién estrenado de Cienfuegos (ahora en Villa
Clara, Cuba), y allí haría sus votos un domingo
de enero de 1942. Y allí también comenzó
su servicio como enfermero (1942-1944), que siguió
en el nuevo Noviciado de El Calvario (1944-1960), donde pronunció
sus últimos votos el 15 de agosto de 1950. Siguió
a los escolares de las Antillas en 1961 al Noviciado de Los
Teques (Estado Miranda, Venezuela), y allí permaneció
dos años. Al terminar fue enviado a su último
destino: la enfermería de Manresa-Loyola, en la que
ha permanecido desde 1963 hasta la hora de su muerte, ayer
16 de mayo de 2004, es decir, casi cuarenta y un años,
sólo interrumpidos durante este último año
en que tuvo que retirarse poco a poco del servicio a su enfermería.
Además de eso, el P. Kolvenbach le nombró Consultor
de Provincia el 27 de junio de 1995, sin duda el primero de
su clase, y asistió con fidelidad a las consultas hasta
su sustitución el 15 de noviembre de 2000.
El rigor de la Historia convierte lo que debía maravillarnos,
en informes quizás fríos. Sin embargo, el mismo
Hermano Quintero nos dejó seis páginas mecanografiadas
de apretado texto en que volcó su carácter y
su buen humor. El texto lo preparó para la obra del
P. Roberto Martialay, 20 Jesuitas Hermanos cuentan su historia
(Bilbao, 1986), pero el resultado final, de sólo cuatro
páginas y apenas resumido, no le agradó.
Y tenía razón. En aquel trabajo cuasi periodístico,
faltaba lo sabroso, lo que para él representaba algo
llamativo en su vida y en su vocación. Y quizás
algo de lo más llamativo, aparte de sus divertidas
travesuras, --conservó hasta hace unos años
su capacidad de gastar bromas y seguirle la corriente a Pascual--,
es su versión de la vela de armas de San Ignacio, cuando
decidió ingresar en el Noviciado. Nos cuenta cómo
decidió despedirse de Nuestra Señora, "velando
toda la noche ante su altar en la iglesia del Santo Ángel
en Vitoria. Después de torear al guardián e
la iglesia, que dormía en la torre, logré quedarme
escondido en ella, y cuando sentí cerrar la puerta
de su palomar, salí de mi escondite para ponerme a
rezar ante el altar de Nuestra Señora; cuando el sueño
me rendía, dormía algo, aunque se hacía
todo ello algo difícil, pues salían los ratones
de sus cuevas brincando por encima de mis piernas que me ponían
nervioso, aunque sentía una gran paz en mi alma".
Y más adelante, hablando de su "profesión",
decía con sinceridad: "Yo no soy ni un profesional,
ni un bachiller ni tampoco un técnico ni enfermero
titular, decía él mismo. Soy un enfermero por
nombramiento de la obediencia que me puso en este puesto,
quizás creyendo que tendría algún conocimiento
de ello, por ser en la familia hijo y hermano de médicos,
sin saber ni papa de esta profesión. Y aquí
me tienen, añadía entonces, desde hace 44 años
entre enfermos, ancianos y con un dispensario público
para los pobres del barrio, con un equipo de cuatro médicos
de pasantía, 3 bioanalistas y 3 enfermeras".
Cuando cumplió sus Bodas de Oro con la Compañía,
el P. Kolvenbach le agradecía "los insignes servicios
que ha prestado en estos largos años de actividad apostólica".
Y eso también le decimos hoy al Señor en esta
eucaristía de Resurrección: La Provincia de
las Antillas que él vio surgir y crecer da gracias
a Dios por habernos regalado un servidor fiel, sobre todo,
en los tiempos malos.