Pérez de Soba
P. Arturo


 

+ARTURO PÉREZ DE SOBA, S. J.
(1914-3 marzo 2007)


El P. Arturo Pérez de Soba, hijo de Arturo Pérez y Virgilia de Soba, nació en Valladolid (España) el 20 de mayo de 1914. Fue alumno de la Escuela Apostólica de Carrión de los Condes (Palencia, España) desde 1927, e ingresó en el Noviciado de Salamanca el 18 de octubre de 1931. Pero a los cuatro meses, y a causa del decreto de disolución de la Compañía en España, emprendió con sus compañeros el camino del exilio, siendo su destino Bélgica. Estuvo primero en Florennes, y a los dos meses fue a Marquain, donde completó su noviciado e hizo sus estudios de Juniorado, sobresaliendo ya entonces como delicado escritor, tanto en prosa como en verso.

Primero en Marneffe (Bélgica), y luego en Durango (Vizcaya), haría sus estudios de Filosofía (1936-1939), y al terminarlos, fue destinado a la Misión de Anking (China), pero la guerra civil española impidió que se materializara aquel destino, y por eso fue enviado el mismo año 1939 a estudiar Teología a Oña (Burgos, España), recibiendo la ordenación sacerdotal en el Santuario de la Gran Promesa (Valladolid) el 12 de mayo de 1942. Acto seguido y durante un año enseñó en el Colegio de la Inmaculada de Gijón (1943-1944), haciendo luego la tercera probación en Salamanca desde 15 de septiembre de 1944 al 15 de julio de 1945.

En vez de su viaje a China, --y esta vez a causa de la Segunda Guerra Mundial--, vino en 1945 a enseñar al Seminario Menor del Santo Cerro (La Vega), --allí hizo sus últimos votos el 2 de febrero de 1946--, y por fin en 1947 viajó a su esperada misión de Oriente. Para comenzar, durante dos años (1947-1949), estudió chino en Anking, y al cabo empieza a servir de misionero en Sanlikai, hasta que en 1951 sale expulsado por el gobierno de la China Popular. Tres años después, viaja a Puerto Rico, y trabaja en el Colegio San Ignacio (1953-1955), para regresar a Santo Domingo, pero esta vez al Instituto Politécnico Loyola, como profesor y espiritual (1955-1956), y luego con la misma función al Seminario Menor Santo Tomás de la Capital (1956-1959).

Un nuevo intento misional en Oriente, pero esta vez a Formosa, aunque por una razón u otra, sólo duró allí cuatro años (1959-1963), para abandonar definitivamente ese trabajo, aunque sólo dejaría de pertenecer a aquella Provincia de Extremo Oriente en 1989. Su trabajo en este país, después de pasar cuatro meses en la casa de Los Teques (Venezuela), se diversificó y dividió entre la recién abierta residencia de Santiago (1963-1964), la Parroquia de Restauración (1964-1965), el Seminario Menor de Santo Tomás y el Colegio Loyola (1965-1968), la Parroquia de Dajabón (1968-1970), la del Santo Cerro (1970-1973), y por fin, otra vez en el Instituto Politécnico Loyola (1973-1984), aunque residiendo ya desde entonces en esta casa de Manresa-Loyola.

Poco después de su retiro del Politécnico, el arzobispo de Santo Domingo le nombró Capellán del Hospital de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, puesto en que permaneció ocho años (1986-1994), y, como el reconocía, le produjo satisfacción como sacerdote. Además de eso sirvió como confesor de la Casa de Ejercicios y aprovechó para ampliar su producción poética. Aunque ya había aparecido una colección de poemas en 1988 con el título de Gritos y Colores, fue seis años después cuando aparecieron sucesivamente dos de sus mejores poemarios: De Paseo con el Sol (1994), Mascarón de Proa (1995), y Arcón sin Cerradura (1998), que permanece inédito por decisión suya.

Su habilidad y fácil elocuencia la demostró, además de la celebración del Jueves Santo del 2005 (aquella niña mártir de Shanghai), en aquellas deliciosas cápsulas del mediodía de Radio Santa María en la década de los años setenta. A pesar de su aparente rigidez, fue un excelente conversador con un agudo sentido del humor. Y no es aventurado suponer que la poesía no fuese un refugio de un medio ambiente adverso, sino la expresión sincera de la finura que albergaba en su interior. Sus poemas breves no sólo animan el sentir del alma, sino que usan las cosas más banales como trampolín para reconstruir la presencia de Dios. Por eso cantaba a la guagua haitiana que pasaba por la Máximo Gómez, o el mango "inflamado con himnos de verdor". Otros poemas suyos son recuerdos o retazos de memorias ("a mi hermana Consuelo muerta a los 24 años"), o deja brincar su imaginación ante un cuadro de Fra Angélico o "el duro Cristo de Pasolini".

"Dolor", uno de esos versos menores más afortunados y sonoros, fechado en enero de 1984, podría ser también su mejor epitafio:

Sácame ese espino
que se me ha clavado;
sácame ese espino,
que me está matando.
Sácame ese espino
tan frío y tan fino,
y pon en su herida
un poco de vino…

Cuando se hacían cada vez más leves los rasgos de lo que había sido, y cerraba poco a poco las ventanas que le abrían al mundo de lo bello, acabó su lucha callada al atardecer del sábado 3 de marzo del 2007. Había cumplido 93 años de edad y 73 de vida en la Compañía de Jesús. Descanse en la Paz que siempre quiso conquistar.


 
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