Zaragoza García-Escudero
P. Mariano


 

MARIANO ZARAGOZA GARCÍA-ESCUDERO
(1910-2005)

El P. Mariano Zaragoza nació en Logroño (España) el 23 de noviembre de 1910, y después de vivir en Santander, a los diecinueve años, ingresó en la Compañía en el noviciado de Salamanca el 12 de septiembre de 1929. Allí permanecería también durante los estudios de Humanidades o Juniorado hasta febrero de 1935, cuando emprendió el camino del exilio de Arlon, Merweke y Marquain (Bélgica), donde los acabaría. Tres años más en Marneffe, también en Bélgica, estudiaría Filosofía (1935-1938), volviendo a su país para enseñar en el colegio San José de Valladolid durante dos años (1938-1940). A partir de 1940, hizo sus estudios de Teología en la Universidad de Comillas (Santander), ordenándose el 29 de julio de 1943 en el llamado Santuario de la Gran Promesa (Valladolid), junto con los PP. Luis González Posada, Manuel González Quevedo, Richard Chisholm y Mariano Ruiz. Por fin, en 1945 volvería a su antiguo noviciado de Salamanca a hacer la tercera probación, y el 2 de febrero de 1946 haría sus últimos votos en el Puerto de Santa Maria (Cádiz).

Su vida de sacerdote ya formado la comenzó como espiritual de los alumnos de las Escuelas Profesionales de Úbeda (1945-1947). Cambió un poco el rumbo para ser durante tres años operario en la residencia de Salamanca, atendiendo al Barrio La Prosperidad (1947-1950), y antes de cruzar el gran charco fue animador de los jóvenes del Círculo Católico de Obreros en Santander (1950-1951). Por fin, llega a la Parroquia de Dajabón el 26 de septiembre de 1951, y en aquella zona, que entonces se llamaba sin distinción la "Misión Fronteriza", estaría hasta 1970. Un breve interludio de dos años a partir del 6 de agosto de 1955, quizás por razones de salud, en Cuba, aunque figuraba como espiritual de los alumnos del Colegio de Belén de La Habana, le alejaron del campo de sus ilusiones, al que volvería con todos los honores en 1957. A su regreso, sería sucesivamente vicario parroquial de Dajabón, y luego párroco de Loma de Cabrera y Restauración.

Durante los años restantes, es decir, a partir de 1970, --de entonces provienen también sus operaciones de la vista, incluso en España, y la pérdida casi total de un ojo--, a pesar de la variedad de sus ministerios u ocupaciones (Santo Cerro, Loma de Cabrera y el Noviciado de Gurabo), hasta su sola presencia se convertiría en la más peculiar de su verdadero apostolado. Aunque ya había comenzado en la Frontera su labor entre niños y adolescentes, fue durante sus años en el Santo Cerro donde se intensificó la animación y formación de equipos de baseball, cuyos trofeos custodiaba con orgullo en su oficina. Los clubes se extendieron a ocho comunidades vecinas del Santo Cerro con un total de 240 jóvenes. Y sin embargo, a pesar de su arrastre y liderazgo, no parece que sabía bien las reglas del juego, y cuando le buscaban los jugadores para dirimir un problema, siempre decía que era el árbitro el que decidía y al que había que obedecer.

Prueba de su increíble arrastre entre la gente fue su regreso de La Habana el miércoles 20 de febrero de 1957, --algunos decían que en Cuba se moría de pena sin su gente de la Frontera--, en un sonoro recibimiento, al parecer organizado por el P. Manuel Hornedo, Superior de Dajabón. Así nos ha quedado descrita la llegada del P. Zaragoza en el Diario de la parroquia:

"Un recibimiento colosal en el aeropuerto y frente a la Iglesia. Entusiasmo indescriptible. Popularidad extraordinaria la que el Padre goza entre todos, grandes y pequeños. Laus Deo. Todo el día llena de gente la Casa Curial. Como diría Fray Luis de León: "Ya muestra en esperanza el fruto cierto...". Este era el hombre que la Parroquia necesitaba. La venida del P. Zaragoza a Dajabón marcará una ruta nueva en el sesgo de la vida religiosa del pueblo. Se acabaron las distancias; se derrumbó el muro de hielo que separaba al Sacerdote de muchos fieles. Omnia A.M.D.G."

Ese arrastre e indudable simpatía entre unos y otros, como decía el P. Hornedo, se debía sin duda a su conocimiento de la gente y su increíble memoria. Como había sido en Dajabón, entre otras cosas, director de la Hermandad del Corazón de Jesús y el Santo Cristo del Perdón, conocía también y reconocía padres, hijos, nietos y hermanos. Y cuando le instalaron aquel despacho en lo que había sido garaje de la casa del Santo Cerro, aprovechaba el receso de los alumnos del colegio para distribuir el correo, sabiendo bien quién era aquel adolescente, de quién era familia y cerca de quién vivía. Con razón, el P. Pedro Arrupe, al felicitarle por su medio siglo de vida en la Compañía, le decía el 16 de agosto de 1979:

"Desde su juventud, Dios comunicó a Usted mucho de su bondad, y así se ha sabido ganar en todas partes el corazón de la gente, ayudándola con una espiritualidad fuerte y sencilla, y con un celo que ha sabido de sacrificio y entrega, especialmente entre los más necesitados".

Al que colgaron el cartel de "angelical" desde su juventud en la Compañía, era un hombre respetuoso de los demás, que supo valorar lo bueno de su amplia y diversa feligresía. Y cuando, por ausencia del titular, tenía que encargarse de la parroquia, parece como que se crecía de pronto y sabía mandar y bien. Encontró entre nosotros adecuado su campo de trabajo, y supo querer y dejarse querer. Su último año, una vez que tuvo que retirarse del Noviciado, no dejó de soñar con volver a ver gente. Quizás su aparente invalidez o simple inacción no era más que un afán, que le persiguió desde finales de los cuarenta, cuando comenzó su trabajo en aquella escuela obrera del sur de España.

Descanse en Paz, la misma que el supo contagiar a los demás con tanto amor.

 
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